martes, 24 de agosto de 2010

El policía rehabilita, no castiga, el guerrero y el ladrón sienten la fe (Theodore Sturgeon)


Había un muchacho demente en Roma, y un guerrero iracundo en África a quien le
hurtaban las patatas durante la noche, y estaba el ladrón que las hurtaba. En todo el
mundo la gente, con toda el alma, hacía las cosas difíciles que debía hacer para ser
humana, y aprendía lo que tenía que aprender, pagando el precio por ello. Dos mil
millones y tres cuartos… dos mil millones y tres cuartos de planetas subjetivos, algunos
dando vueltas cercanos el uno al otro y cercanos a la luz, y otros distantes y fríos en la
solitaria oscuridad; pero todos separados, aislados, discretos. Comisario, campesino,
potentado; los niños, los ancianos, los locos, los desposeídos. Todos y cada uno,
básicamente solos.
Guido, el muchacho romano, había nacido durante la batalla de Anzio, y fue hallado un
año y medio más tarde por un equipo de la O.N.U., viviendo con otros niños salvajes,
royendo los huesos de un pueblo en ruinas. Estaba repleto de música, en un grado que
era notable, aun en un país lleno de música. Antes de saber hablar, podía silbar, y silbaba
cualquier tonada luego de escucharla una sola vez. En el desfile de gente que siguió, fue
adoptado por un pastor de Corfú quien, en los diez años subsiguientes, le sacó a
puntapiés la música, o quizás sólo la mantuvo a raya.
El pastor era contrabandista, y aunque necesitaba de las fuertes espaldas y las duras
manos del muchacho, no quería alrededor de él nada que llamara la atención. Guido no
se atrevía a tararear una sola frase musical, ni una sola nota. El pastor desarrolló una
gran habilidad de percepción; adivinaba cuándo la música estaba por manar dentro del
muchacho antes que Guido mismo lo supiese y lo derribaba y le daba puntapiés a él y a
sus melodías aún no nacidas. Y cuando la asociación entre la música y el castigo llegó a
ser lo suficientemente fuerte, no salió más música del muchacho. Y había demasiada
dentro de él, inextinguible e indestructible.
Después de la muerte del pastor, Guido se convirtió en algo no del todo humano.
Provocó una serie de ingeniosas molestias que durante un tiempo se perdieron en el
hervor de la ciudad, sin que hubiera un aparente lazo común entre ellas. Hizo añicos una
ventana de colores, y le rompió la pierna a un mendigo contra la acera; le quitó un juguete
a un niño y lo arrojó al río; destruyó una imprenta.
Y al fin, un detective con algo más de imaginación y de intuición que la mayoría, halló el
hilo que unía a esos episodios. El ventanal era uno de los vitrales de la Capilla de la
Anunciación, y ocurrió durante un ensayo del coro; el mendigo era uno de esos que pagan
su cena con una canción; el juguete del niño resultó ser una armónica; la imprenta estaba
imprimiendo hojas de música. El detective se las ingenió para conseguirle un violín a
Guido, y eso fue para él un destello de luz que se convertiría, al poco tiempo, en una
explosión de música…

Y el guerrero, Mbala, comenzó a custodiar una plantación de patatas durante la noche,
tarea que le correspondía por tradición a su fallecido padre, así como él mismo un día
habría de morir y la plantación de patatas sería vigilada por sus hijos. Pero la fe de Mbala
en su antigua creencia se tambaleaba, pues sólo estaba de acuerdo en que su padre
debía protegerlo de los demonios, no de los hombres, y era, sin lugar a dudas un hombre
quien robaba las patatas.
El ladrón, Nuyu, también había tenido fe alguna vez en esas creencias, pero ya no
creía en nada más que en sus propias y hábiles manos.
Eran, en su propia teología, Mbala un descreído y Nuyu un ateo, respectivamente.
Y una noche, mientras Mbala vigilaba y Nuyu se ocultaba, cada uno esperando que el
otro se distrajera, bajó flotando desde el cielo una esfera reluciente. Aterrizó en el límite
de la plantación y, sin tocar el suelo recorrió lentamente el campo; y por donde pasaba, el
espeso follaje del matorral que enmarcaba la tierra cultivada desaparecía, quedando en
su lugar un pequeño montículo de un material blando y frío que se transformaba en agua
después de transcurridos un par de minutos.
Pues bien, esta esfera era una máquina automática sin ocupantes, y la hierba que
recolectaba y procesaba era astrágalo de arvejas, que tiene una gran afinidad con el
selenio, y los constructores de la máquina necesitaban todo el selenio que pudieran
conseguir.
Pero para Nuyu, el ladrón, que estaba oculto entre la hierba en ese momento, eso era
el justo castigo, no sólo de sus actuales pecados, sino también de todos aquellos de su
pasado, bajo la forma extraña de un espíritu guardián de las patatas; ¡recuerdos de las
leyendas de su niñez, descartadas burlonamente hacía tanto tiempo!
Y para Mbala, la esfera era su padre, no sólo descubriendo al ladrón ―que llegó
aullando y farfullando hasta acurrucarse en arrepentido terror junto a Mbala― sino, al
mismo tiempo, despejando más terreno para él.
Después que la esfera se hubo ido dirigiéndose hacia arriba y al Norte ―donde había
detectado otro arvejal―, Mbala no mató al ladrón como había pensado hacerlo. En lugar
de eso, volvieron a la aldea, compañeros en la revelación, cada cual en el apogeo de un
tipo de inusual éxtasis: la experiencia religiosa. Uno, confirmado; el otro, convertido.
Estas eran personas, éstas son anécdotas caracterizadas por algún elemento
extraordinario. Pero todo hombre vivo tiene una historia así, única entre todas, de lo que
vive dentro de él y de cómo es moldeado por las fuerzas que lo circundan, y de cómo
interpreta esas fuerzas. Aquí, un hombre ve en una máquina a un dios, y allí un hombre
ve a Dios como una mera discusión violenta; y algún otro utiliza la discusión violenta de
los demás, tal como si fuera una máquina. Sin embargo, pese a toda su habilidad para
trabajar en armonía con sus compañeros, y de inducir cierta simpatía en sus vibraciones,
permanece aislado; nadie sabe con exactitud cómo siente el otro.
En el punto culminante de los sentidos, el Hombre se aproxima a la inconsciencia. ¿La
inconsciencia de qué? Pues, de todo lo que lo rodea, claro está; nunca de sí mismo.

(Fragmento de Theodore Sturgeon, "Las nupcias de la Medusa", Las invasiones jubilosas, 1965)

     

2 comentarios:

  1. Esto podría ocurrir algún día en un mundo perfecto, donde el hombre es bueno y justo. O sea, nunca. Me recuerda a El factor humano, de John Carlin. Si no lo has hecho, te recomiendo su lectura.

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  2. Tomo nota de la sugerencia para el ocio plenamente veraniego que me queda. Tal vez lea (en su lugar o también) El factor humano de Graham Greene, que un hombre sabio me recomendó hace 8 años, sin más resultado que mi curiosidad insatisfecha.

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